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La aventura de viajar

Javier Reverte

Editorial:
Plaza & Janés
Precio:
19.00 €
Páginas:
304
ISBN:
8401379512

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La aventura de viajar

Yo apenas había viajado hasta que comencé a ejercer el oficio de periodista. Y lo cierto es que no sentía una especial vocación por ser informador. Pero decidí dedicarme a ello porque una buena parte de mis familiares lo eran, incluidos mi padre, mi abuelo y tres de mis tíos, y también porque pensaba que era el oficio que más se parecía al quehacer del escritor. En mis años de estudiante universitario tampoco tenía una clara voluntad de ser viajero ni había pensado nunca en escribir un libro de viajes— A los veinticuatro años, no había pisado un país extranjero, ni siquiera las vecinas Francia y Portugal. Y de pronto, a esa edad, crucé la frontera. Desde ese día, no he cesado de hacerlo. Fue el periodismo quien me hizo viajero. Y ejerciendo un oficio que no me interesaba demasiado, me transformé en algo que no tenía previsto ser. Después, mis libros de viajes, que surgieron en forma natural, me permitieron convertirme en un escritor que vive de sus libros, algo que sí que soñé alcanzar hasta donde llega mi memoria. La vida, en ocasiones, da extrañas vueltas antes de llevarte al sitio al que pretendías arribar. Los libros de viajes me han abierto la puerta para la publicación de mis novelas y poemarios.

            La primera vez que me subí en un avión quizás tema veintiuno o veintidós anos. Era un verano y yo hacia prácticas de periodismo en una agencia de noticias. El director me envió a cubrir una información sobre una especie de feria de muestras de maquinaria agrícola que se celebraba en Barcelona De las crónicas que envié desde la ciudad durante los tres días que permanecí allí, ni una sola se cursó a los periódicos, no sé si porque eran muy malas o porque el asunto carecía de importancia ¿A quién iban a interesarle, entre el gran publico, los avances en la tecnología de los ingenios de labranza y los últimos modelos de tractores y segadoras?

            No tengo ni la menor idea de lo que pude escribir a propósito de tan apasionante evento. Pero si guardo fresco en la memoria aquel avión de hélice, destartalado y matusalénico en el que hice mi primer viaje aéreo, allá por 1965 o 1966. Mientras despegábamos, el avión crujía y chimaba, amenazando con escacharrarse de un momento a otro. Después, cuando tomamos altura, nos atrapó una tormenta y nos llevó en sus brazos hasta Barcelona, sumergidos en un salvaje y continuo zarandeo que duro más de dos horas. Aterrizamos dando tremendos botes sobre la pista, como si el aeroplano llevase dos grandes balones en el lugar de las ruedas. Casi todos los pasajeros descendieron mareados del aparato y huyeron despavoridos hacia la salida A mí me sucedió al revés: mi organismo no se resintió lo más mínimo de aquel baile desaforado y, no sólo no sentí ni una pizca de miedo, sino que me quedé encantado. ¡Era maravilloso volar! En los anos siguientes, he sufrido peripecias mucho peores en los múltiples vuelos que he tenido que tomar. Y como entonces, jamás he percibido temor alguno en mi ánimo. Creo que siempre me acomete la misma sensación cada vez que un avión empieza a desplazarse por los cielos como un caballo enloquecido: que si ha llegado la hora de morir, mejor es que tan grandioso acontecimiento de mi vida se inicie en la imponente altura de tos cielos, antes que en la insípida y mezquina habitación de un hospital. Hay que procurar darle a la propia biografía un cierto sabor épico.

            Cuando tenía veinticuatro años, pocos meses después de casarme, salí por primera vez al extranjero. Mi esposa y yo recorrimos Inglaterra, Francia e Italia utilizando trenes, durmiendo en albergues baratos y comiendo porquerías, porque el presupuesto no daba para más. Un año después, viajamos a Turquía y Grecia, y unos meses más tarde, en el verano de 1971, fui nombrado por el director de mi periódico corresponsal en Londres. Transcurridos dos años, me trasladaron a París y, en 1976, regresé a España.

            Dejando a un lado las primeras escapadas al extranjero, a las que casi podría calificar como garbeos culturales (me hinchaba a ver museos), creo que los viajes, los no relacionados directamente con mi oficio de escritor de libros, han tenido motivos muy diversos: los que realicé para revistas especializadas en turismo; los de contenido social o político encargados, en general, por diarios o revistas semanales; los que me llevaron a países en guerra; aquellos en que fui acompañando a presidentes de Gobierno y a los Reyes de España; algunos encuentros de corte cultural con escritores, y los viajes para elaborar programas y crónicas de televisión.

            Hubo un tiempo en el que, por problemas para encontrar otro tipo de trabajo en prensa, tuve que refugiarme en lo que podría llamarse «periodismo turístico». Realicé reportajes para varias revistas especializadas y no me pagaban mal para los tiempos que corrían. No es un periodismo que me guste —a decir verdad, creo que lo odio—, pero es cómodo y muy fácil de hacer. Te limitas a viajar y a describir, con ciertos tonos líricos, los paisajes y las ciudades. Y como los directores de las revistas del ramo quieren que con tu texto animes a la gente a viajar a los lugares que visitas —a menudo esos desplazamientos los pagan las oficinas de turismo de los diferentes países, las compañías aéreas o las agencias mayoristas de turismo—, pues cuando escribes debes mantener un tono festivo.

            Éste es el tipo de periodismo en el que más abundan mayor número de tópicos de lenguaje y existen menos posibilidades de hacer un buen trabajo. Pero me vino bien ejercerlo para conocer lugares como Amberes, Amsterdam, el sur argelino, la República Dominicana, Costa Rica, Costa de Marfil y otros cuantos sitios de proyección turística. Me las arreglé para narrar con cierta dignidad cuanto vela, esquivando la tentación del tópico, y juro que jamás empleé la palabra «mágico» ni la expresión «marco incomparable». No obstante, fueron viajes que apenas me dejaron huella. A lo largo de mi vida, sólo conservo recuerdos vivos de aquellos lugares que han tocado de alguna manera mi corazón.

            No obstante, uno de esos viajes, en el ano 2004, se convirtió en uno de los más extraordinarios de mi vida. Y conste que utilizo la palabra «extraordinario» en su preciso sentido: lo que se sale de lo ordinario, sea para bien o sea para mal.

            Se trataba de embarcarme en el que por entonces era el mayor barco de pasajeros del mundo, para realizar un crucero entre Río de Janeiro y Miami, con escalas en algunas islas del Mar de las Antillas. Acepté la oferta de embarcarme en aquel megacrucero porque nunca antes habla participado en una navegación de ese tipo y porque, a veces, respondo afirmativamente a una invitación de viaje por el mero placer de romper los hábitos de la vida cotidiana.

            Además, me encandilan los barcos. Y me apasionan hasta tal punto que, cuando los veo atracados en los muelles y criando bajo el casco todo tipo de mugre por falta de uso, no pienso sólo en el derroche de días de aventura y de libertad que supone tener un barco pegado a la tierra, sino que el hecho me parece, sobre todo, una obscenidad. En El espejo del mar, Joseph Conrad escribió: «Un barco en una dársena, rodeado de muelles, tiene el aspecto de un preso meditando sobre la libertad con la tristeza propia de un espíritu libre en reclusión».

            Así que me embarqué con un estupendo fotógrafo, Juan Echeverría. Después de trece días de navegación, regresamos a España en avión, desde Miami, y elaboré un texto algo frió y no muy largo para la revista que me encargó el reportaje. Creo que el reportaje resultó correcto, pero lo mejor de aquellos días de navegación se quedó en el tintero.

            Yo quería sentir la experiencia de algo sobre lo que ignoraba casi todo. Pero estaba tan lejos de saber lo que era viajar a bordo de un crucero de lujo que, incluso, pensaba que los pasajeros tendríamos que dormir en camarotes colectivos, distribuidos en literas. Decidí no llevar esmoquin, a pesar de que lo aconsejaban en el librito de instrucciones que nos entregaron a los viajeros junto con el billete. Juan hizo lo mismo. Y ahora creo que los dos cometimos un error. Mejor que eso: estoy seguro de que nos equivocamos.

            Recuerdo la llegada a la nave, a primera hora de la tarde, en un puerto del norte de Río de Janeiro. Finalizaba el mes de febrero y el viaje era el tercero o el cuarto que realizaba aquel gigantesco buque desde su botadura. Los viajeros formábamos dos largas colas para entrar por dos pequeñas puertas abiertas en el casco, a las que se llegaba subiendo por estrechas pasarelas. Había un buen número de pasajeros en silla de ruedas— Y la gran mayoría de las personas que hacían cola eran mayores que yo. Así que podía sentirme un hombre joven, a mis cincuenta y nueve años de edad, a bordo de aquella nave habitada en su mayoría por septuagenarios.

            Me encontraba guardando tumo en la cola mientras Juan hacía fotos y reparé en la mujer situada delante de mí. Tendría una edad cercana a los setenta anos, pero a golpe de operaciones estéticas, aerobio, cremas, tintes y pinturas, lograba mantener un aspecto ágil y jovial. Le oí decir algo para sí misma en español, le pregunté si era compatriota y al momento pegamos hebra. Era catalana, se llamaba Margot y, en cierto modo, acabaría por ser algo así como mi hada madrina durante la navegación.

            Margot conocía bien la nave, pues había figurado entre los pasajeros del viaje inaugural, el mes anterior. No habíamos cruzado más allá de tres o cuatro frases cuando me soltó de sopetón:

            —Me encantan los cruceros y me encanta comprar. Siempre subo a bordo con sesenta o setenta kilos de equipaje y bajo con casi quinientos. A estas alturas de mi vida, mis orgasmos son el shopping.

            Tomé aire antes de responder:

            —¿Y qué compra?

            —Pues todo lo que encuentro de valor en los puertos donde hacemos escalas. No tengo hijos, pero sí muchos sobrinos.

            Y cuando regreso a España, me reciben como a Mamá Noel. ¿Ve a esa gente? —añadió señalando a los pasajeros que nos precedían—. Casi todos son norteamericanos y la mayoría millonarios y se hinchan a comprar. En estos viajes se compra muchísimo, es a lo que venimos ¿Usted es millonario?

            —No; soy escritor.

            Guardó un instante de silencio.

            —¿Y de qué escribe? —preguntó.

            —Hago novelas, viajes, poesía...

            De inmediato pasó a tutearme:

            —Ya me parecías..., un poeta—agregó mirando mi ropa.

            Me sentía un poco humillado.

            —Viaja poca gente joven en estos barcos —respondí, tratando de irritarla un poco.

            —En los cruceros de lujo, la media de edad está entre los setenta y cinco años y la muerte —concluyó Margot con aplastante seguridad.

            Entramos al fin en la barriga del gigante. Un mayordomo nos entregó, a cambio del pasaporte, lo que habría de ser nuestro identificador y caria de pago: una sencilla tarjeta parecida a las de crédito, con fotografía de carnet estampada en una esquina, que servía también como llave de la puerta del camarote. En los megacruceros, todos los gastos están incluidos en el precio pagado al contratar el viaje, a excepción de las bebidas alcohólicas, el juego en el casino y los artículos de venta en las tiendas libres de impuestos. El dinero no se usa. La tarjeta que te entregan al subir a bordo actúa como única moneda. El día del desembarco firmas el montante total de gastos con cargo a una de tus tarjetas de crédito, te devuelven el pasaporte y «see you later, alligator».

            A Juan y a mí nos asignaron un camarote doble de categoría media en la cubierta número 4, mientras que Margot tenía reservada una suite individual en la lujosa cubierta número 10.

            —Soy una viuda rica y alegre; ¿para qué sirve el dinero?—me explicó con una encantadora sonrisa.

            Luego agregó:

            —¿Quieres que tomemos una copa a eso de las siete en un bar de la cubierta dos? Es uno tipo pub inglés, muy mono.

            Nuestro camarote daba a la banda de estribor y contaba con una pequeña terraza abierta al mar. Contenía dos camas grandes, un escritorio, un aparato de televisión y otro de radio, armario para la ropa y un baño con ducha y retrete. Más o menos, podría parecerse a la habitación de un hotel de lujo, pero algo más pequeño y, desde luego, más funcional. Los sistemas de desagüe de los váteres, en estos megacruceros, funcionan por succión, esto es: aprietas un botón de la pared y, al instante, tienes la impresión de que una aspiradora potente y ruidosa absorbe todo el contenido de la taza en breves segundos. Leí en cierta ocasión, en un libro divertidísimo de un tal David Foster Wallace sobre un crucero por el Caribe, que una pasajera accionó el mecanismo mientras estaba todavía sentada y fue succionada con tal fuerza que sus nalgas quedaron atascadas en el agujero del desagüe. Hubieron de acudir a librarla de la trampa los fontaneros del barco, y el marido de la infeliz, para aliviar su vergüenza y salvar su pudor, previamente a la llegada de los operarios la cubrió con un ancho sombrero mexicano de paja que había comprado en el puerto de Cancún.

            Leyendo el libro, me sentía incapaz de reprimir la risa imaginando a la mujer hundida en la taza, mientras su rostro empavorecido y sus pies pataleantes asomaban por debajo del ala del sombrero charro. Uno de los fontaneros, según Wallace, comentó al atribulado marido que desatascar a la señora sería una tarea relativamente fácil, pero que sacar al mexicano supondría un problema mayor, ya que estaba atrancado con ella, porque liberar a dos personas al mismo tiempo resultaba bastante más complicado que hacerlo con una.

33 Comentarios en el foro sobre La aventura de viajar

La aventura de viajar

avatares/detective.gif

2009-06-15 13:44:46

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Acabo de terminar este libro de Javier Reverte. Prácticamente es un repaso de toda su vida de viajero en las diferentes situaciones en que le tocó viajar: Como periodista de prensa para cubrir visitas oficiales, comp reportero de guerra, como freelance y como simple viajero.

La prosa irónica de Reverte sigue siendo igual de envolvente y cada pasaje es una invitación a viajar a el lugar que describe sobre todo porque explora como nadie el lado humano de las cosas y esa visión humilde del auténtico viajero que se siente ciudadano del mundo y con derecho a explorar otros países y otras culturas bajo la mirada silenciosa de quien lo graba en la retina y luego lo cuenta.

Pocos como él actualmente para captar los colores de la miseria, las diferencias religiosas, la hospitalidad y , porque no, el peligro de este mundo del que conocemos muy poco y para el que gente como Reverte nos es fundamental para animarnos a vivir lo que de aventura tiene todo viaje. Abajo los viajes organizados !!! . Viva la mochila !!

JC

Re: Re: Una gozada

avatares/businessman_flying_ty_wht.gif

2006-12-15 18:01:20

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¿Un libro cojo? Me parece que por aquí anda más de uno/una afectados por las malas artes taquigráficas de las asiduas al crepúsculo, Frau Hesselius.
Animada por los elogios que recibió este libro en el foro hace unas semanas lo he leído este puente y puedo decir que me ha gustado bastante. Es una lectura entretenida y amena.

Re: Una gozada



2006-12-15 17:40:19

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Tantos meses conviviendo con las seguidoras de Crepúsculo han terminado por afectarte: ya había un hilo abierto para La aventura de viajar.
Pero estoy de acuerdo en todo lo que has escrito. Es un libro cojo***** y muy divertido.

Una gozada

avatares/hachero.gif

2006-12-15 12:21:48

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Da gusto leer a Javier Reverte.

Escribe con un enorme dominio del lenguaje, y al mismo tiempo lo hace con naturalidad y precisión. Entre esto y su vitalidad sus libros acaban rebosando viveza aún en los momentos más peliagudos.

Aquí hace una recopilación de sus distintas etapas como viajero: de invitado en un transatlántico de lujo, como corresponsal político, como corresponsal de guerra, realizando reportajes de viajes y, ya por último, por su cuenta. Con este bagaje es obvio que tiene un anecdotario jugoso que cuenta con gracia y bastante elegancia (muy distinto del otro Reverte, Arturo Pérez, tan dado a usar algún que otro libro como vendetta personal. Recuerdo la retahila de veneno que soltaba el hombre contra Ángela Rodicio en Territorio Comanche, curiosamente sin explicar los motivos de tanta tirria). Especialmente desternillantes me han parecido sus peripecias acompañando a presidentes y reyes, aunque todos los capítulos tienen su miga.

En resumen, una lectura muy recomendable incluso para quien no sea especialmente amante de los libros de viajes.

Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: ¡Qué divertido es!

avatares/tarzana.gif

2006-11-23 09:43:34

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El baile es la expresión vertical de un deseo horizontal.

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