Leonor
María Pilar Queralt del Hierro
Lo cierto es que la Infanta doña Beatriz me recibió con los brazos abiertos sin que nada hiciera sospechar las diferencias que años más tarde acabarían por enfrentarnos. Me pareció una mujer extremadamente bella, de movimientos pausados y elegantes, sin dejar por ello de mostrarse enérgica y segura de si. Era, además, una mujer alegre y risueña, cuya compañía era un privilegio y a la que solo podía achacársele un defecto: la exageración con que procuraba por sus rubios cabellos, y el tiempo que consagraba al cuidado de su persona para desespero de quienes tenían la obligación de complacerla.
Tal vez por ello, el rey, su hermano, había destinado a su servicio un grupo de esclavas musulmanas conversas, obsequio del rey de Granada, quienes, pese a haberse bautizado, conservaban muchas de sus tradiciones. Ellas le preparaban lociones para suavizar sus rizos, le destilaban fragancias embriagadoras, le enseñaban como acentuar su mirada o pulían sus uñas hasta dejarlas extremadamente brillantes.
Con una cierta frecuencia, la sumergían en una gran tina de madera que previamente habían llenado de agua de rosas. Los pétalos de las flores flotaban y se posaban delicadamente sobre el cuerpo desnudo, blanco y menudo de doña Beatriz componiendo un sugerente juego de color y sensualidad. Junto a la tina, las conversas encendían un par de pebeteros donde quemaban plantas aromáticas mientras que, acompañándose del laúd y de otros instrumentos que me eran desconocidos, entonaban extrañas salmodias. Doña Beatriz, mientras tanto, permanecía en el agua con los ojos entornados y sumida en un placentero duermevela, mientras la mujer de más edad la frotaba suavemente brazos y piernas con sustancias que me eran desconocidas. Luego, acabado el baño, la envolvían en un fino lienzo de lino y, una vez seca, se recostaba en el lecho donde perfumaban sus cabellos, suavizaban su piel con aceites de olor y ungían con bálsamo hasta los rincones más recónditos y prohibidos de su cuerpo. El humo y la penumbra creaban una atmósfera irreal, en la que yo, escondida tras un tapiz, me sumergía presa de una extraña agitación. ”Algún día, —me decía—, algún día, seré yo quien se regale en la tina; seré yo a la que perfumen el cabello; seré yo quien dirija tan sabias manos...”
Ignoraba cuales eran los propósitos de doña Beatriz al someterse a tan extraño rito doméstico. Unos decían que, después, recibía a un joven desconocido en la intimidad de sus aposentos; otros, que el baño le favorecía el sueño puesto que, desde que contempló el trágico final de su madre, sufría de pesadillas y, los más atrevidos —como mi hermana o Brianda—, aseguraban que esa era la liturgia requerida por un extraño sortilegio para conservarse eternamente joven y deseable... ¡Qué importaba! Lo único cierto era lo que me decía mi intuición :que en la sabiduría ancestral que guiaba las manos de aquellas mujeres se hallaba la clave que iba a darme el poder.
Lo que ignoraba es que no era la única que gustaba de contemplar tal espectáculo. Una tarde, viendo que se estaba disponiendo todo lo necesario para el baño de la Infanta, me dirigí a mi escondite. Cual no sería mi sorpresa cuando en el pequeño reducto que quedaba entre el tapiz y una arquería ciega descubrí una presencia inesperada. Era un hombre alto, fuerte, hermoso...De mandíbula potente y nariz ligeramente aguileña, sus cabellos rizados y castaños le caían sobre la frente y enmarcaban dos grandes ojos oscuros que me miraron entre pícaros y sorprendidos. Al momento una mano fina y firme me tapó la boca mientras otra me sujetaba por el hombro contra la pared. Al poco, acercó su boca a mi oído y me susurró:
—No sé quien diantre sois, pero ¡voto al diablo! que no vais a descubrirme.
Forcejeé para soltarme y, sin dudarlo, mordí con todas mis fuerzas la mano que me tapaba la boca. Mi captor aguantó estoicamente el dolor pero, al momento, volvió a hablarme muy quedo:
—Os soltaré si juráis que no vais a gritar...Es más, os ordeno que no gritéis.
Tal fue su determinación que asentí con la cabeza. Me soltó y, mirándole fijamente a los ojos, le dije:
—¿Quien os ha dado autoridad para tratarme así? Por si no lo sabéis , soy doña Leonor Teles de Meneses, hermana de doña María, camarera de la Infanta, y os emplazo a que os disculpéis si no queréis que llame a la guardia de inmediato
—¿Acaso no me conocéis?—me preguntó y añadió—No sé que placer halláis en este mi rincón, pero lo que sí os aseguro es que no me privareis de contemplar la belleza de doña Beatriz en todo su esplendor...Callad y permaneced a mi lado, que bastantes rumores corren por la corte como para añadir testigos...
Como adivinando mi determinación a volver a mis aposentos, ante mi asombro, añadió:
—Vamos a hacer un pacto. vos calláis acerca de mi presencia y yo os pago con la misma moneda...
—Pero...—
Me interrumpió :
—Obedeced y callad, o marchaos. Y, si optáis por esto último, no digáis a nadie que habéis visto al rey espiando a su hermana.
Tardé en reaccionar. Así que eran ciertos los rumores. El rey frecuentaba las estancias de la Infanta con fines inconfesables. Me sentía terriblemente confusa. Para empezar, desconocía la presencia de don Fernando en la corte. El enfrentamiento contra Castilla continuaba y ni tan solo la intercesión del nuevo papa Gregorio XI conseguía insuflar vientos de paz. Según averigüé, don Fernando no era, ni con mucho, un rey guerrero. Había delegado sus poderes en un noble gallego que gozaba de su confianza, el conde de Andeiro, y había regresado a la corte para ocuparse de cacerías, fiestas y galanteos. Averigüé también que sus escarceos con doña Beatriz no pasaban del coqueteo y de la contemplación de su belleza. La Infanta estaba prometida con Sancho de Alburquerque, hijo bastardo de Alfonso XI de Castilla, y entretenía la espera coqueteando con unos y con otros sin comprometer por ello su honor ni desdeñar para nada la admiración de su hermanastro.
Debo reconocer que el encuentro con don Fernando hizo nacer en mí sentimientos contradictorios. Por una parte me repugnaba la idea de que pudiera mirar a su hermana Beatriz con ojos que no fueran los fraternales, pero por otra parte, su apostura, la suavidad de sus manos y la proximidad obligada por el reducido espacio en que se había producido nuestro encuentro, había despertado todos mis sentidos. Es más, algo me decía que entre nosotros se había dado un cierto magnetismo que iba más allá de la complicidad.
Mi intuición se confirmó en la que fue nuestra presentación oficial, durante el banquete con el que se conmemoró el regreso del monarca a Lisboa y en el que se cantaron loas a las milicias portuguesas. La Infanta, ajena a lo sucedido, se apresuró a llevarme a presencia de don Fernando:
—Mi hermano y señor, quiero que conozcáis a mi invitada, doña Leonor Teles de Meneses, hermana de mi dama doña María y esposa del señor de Pombeiro. Se halla en mi casa acompañando la viudez de su hermana...
El rey, la interrumpió:
—Sois afortunada, doña Beatriz, al contar con una huésped tan gentil y que me consta que os profesa grande admiración .
Me lanzó una mirada cómplice y, ante el desconcierto de la Infanta, continuó:
—Pero veo que hay alguien aún más afortunado que vos, Beatriz, y es el señor de Pombeiro por haber desposado a una mujer tan hermosa...
No pude reprimirme e intervine:
—Mi esposo, el señor de Pombeiro, partió para la guerra. Ignoro incluso si vive o cayó en batalla...
—No me tentéis Leonor.—respondió— ¿O acaso me incitáis a actuar como hizo David para conseguir a su amada Betsabé?
Doña Beatriz hizo un gesto de desagrado. No entendió el porqué de mi intervención ni la osada respuesta del rey. Es más, a decir verdad, ni yo misma supe a que obedeció. Pero algo muy dentro de mi me decía que, en aquellos momentos, mi esposo no era sino un estorbo. Incómoda, por la tensión creada, doña Beatriz me hizo un gesto para indicarme que me retirara. Mientras retrocedía para regresar junto a mi hermana, escuché la voz del rey...
—¿Os gustan los tapices, doña Leonor? Algún día os mostraré uno muy especial que guarda grandes secretos...
No hizo falta esperar demasiado. Ni tan solo que el rey tomara la iniciativa. Tres días después advertí el movimiento habitual que precedía al baño de doña Beatriz. Sin pensarlo dos veces me dirigí al escondite habitual y allí le encontré. Su mirada habló por él y me pareció escuchar un “Te esperaba”. Se llevó el dedo a los labios para indicarme silencio y, entre besos y abrazos, aroma de incienso y perfume de rosas, tuve por primera vez un rey a mis pies.
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Llevo tiempo leyendo este foro. Me gusta como escribe Queralt (aquí, en Argentina, agradó mucho su Inés de Castro) y leí Leonorque me parece fantástica. El problema, si es que hay problema, es que es un tipo de novela histórica diferente: más literaria, más psicológica, sin intrigas ni esoterismos varios. Me complace pensar que la autora me leerá. Sos valiente, Queralt, yo nunca hubiera entrado en un foro sobre mis novelas y si lo hago, como en este, es con seudónimo. Bravo y ¡adelante!
Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Ãff,Ãf,Ã,¿Alguien lo ha leÃfffÃf,Ã,Âdo ya?
Hola a todos:
Pues si Pluto, estoy encantada con este foro...He estado bastante tiempo leyéndoos para aprender (no hay nada mejor que leer de las opiniones de los lectores) pero cuando he visto que empezaban a entrar conocidos(Gracias, Cortés, pero te has pasado...) he creído que era el momento oportuno de intervenir. Os agradezco a todos la atención que dispensáis a mis libros.
Es cierto, Pluto, que mis novelas tienen elementos de crónica rosa, entendiendo como tal que el amor tiene una presencia más importante que, por ejemplo, el tema bélico. Pero, por lo general, la condición femenina de mis protagonistas lo propicia. ¡Mal que nos pese a todos, poco podían hacer en otros ámbitos las mujeres en siglos pasados! De todas formas, no escribo únicamente de eso: he publicado varios ensayos como la biografía de Tórtola Valencia, o el Atlas de Historia de España...
Y, Frau Hesselius, no sabes lo que siento que te cueste acabar Leonor, espero que te guste más la siguiente que se publicará el año que viene...
Anne Summers: eres un encanto...
Ivanhoe: ¿No me querías localizar? Pues ya estoy en el foro.
Y, nada más, que aquí me tenéis para lo que queráis. Gracias a todos y un beso
Mª Pilar Queralt del Hierro
Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Ãff,Ãf,Ã,¿Alguien lo ha leÃfffÃf,Ã,Âdo ya?
Pero Frau ¿cómo puedes decir que te cuesta leer Leonor? Si se lee en un suspiro...
Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Ãff,Ãf,Ã,¿Alguien lo ha leÃfffÃf,Ã,Âdo ya?
Ya no sé por dónde vais, con tanto comentario (¿de qué?, ¿De Leonor?, ¿De Inés? ¿de lo buena que es la autora?)). Sólo decir que me está costando muchísimo leer Leonor. Y eso es espantoso.
Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Ãff,Ãf,Ã,¿Alguien lo ha leÃfffÃf,Ã,Âdo ya?
Estará encantada Pilar Queralt con este foro pero a mí me sigue pareciendo crónica rosa.









