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La gran aventura de los griegos

Javier Negrete

Editorial:
La Esfera de los Libros
Precio:
23.00 €
Páginas:
688
ISBN:
9788497348133

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La gran aventura de los griegos

La saga del Minotauro

           

            Europa era una joven princesa fenicia de la ciudad de Tiro. Un día fue a la playa a jugar con sus amigas, y allí encontró a un enorme toro que vagaba por la arena. Era tan manso y de una blancura tan inmaculada que Europa no se resistió a la tentación de jugar con él. Animada por sus compañeras, acabó montando sobre el lomo del animal, un gesto que no debía ser muy natural en una época en que aún no se conocía la equitación. En ese momento, el toro blanco se lanzó hacia el mar y, haciendo caso omiso tanto de los gritos de Europa como de sus compañeras, nadó con la potencia de una fueraborda hacia el oeste.

            Una vez llegados a Creta, a más de mil kilómetros de distancia, a la sombra de unos frondosos plátanos, el toro se unió a la doncella y…

            Un momento. Ésta no es una historia de zoofilia. Al menos todavía. El toro blanco no era otro que Zeus, el rey de los dioses, que se había encaprichado de la joven Europa y que, como tantas veces había hecho y volvería a hacer, se transformó en una criatura diferente para recurrir al engaño. Así que suponemos, o queremos suponer, que Zeus no se dejó llevar por la impaciencia, y antes de consumar su deseo por Europa, tuvo la delicadeza de recuperar su propia forma.

            Europa tuvo tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón. Se casó con el rey de Creta y éste adoptó a los niños, de manera que a su muerte Minos se convirtió en nuevo soberano de la isla. Pero no fue sin oposición, pues sus hermanos pretendían que se repartiera con ellos el poder. Minos afirmó que él era el elegido de los dioses, y para demostrar cuánto lo favorecían pidió a Poseidón que hiciera brotar de las aguas del mar un toro —de nuevo—, al que luego sacrificaría. El animal que salió de entre las olas era un ejemplar tan soberbio como el que raptó a Europa. A Minos se le ocurrió que, pudiendo usarlo como semental para fundar una nueva ganadería, era un desperdicio matarlo.

            Los dioses no perdonan a quienes no cumplen sus promesas. Poseidón apeló a la ayuda de Afrodita, la diosa del amor. Ella decidió actuar sobre la esposa de Minos, Pasífae, y su venganza fue rebuscada y terrible: hizo que se enamorara del mismísimo toro que había surgido de las olas (ahora ya sí que hablamos de auténtica zoofilia). Pasífae acudió a Dédalo, un ingeniero ateniense que se había refugiado en la corte de Minos para expiar un crimen cometido en su patria. Dédalo construyó una armazón de madera en forma de vaca, de tal realismo que el toro mordió el anzuelo. Obviamente, no voy a entrar en más detalles; pero a quienes hayan visto Top secret, de los gamberros hermanos Zucker, todo esto les recordará una de las escenas más impactantes de la película.

            De aquella unión nació un monstruo propio de la más aberrante ingeniería genética: el Minotauro, con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Para ocultar al mundo aquella vergüenza y sus cuernos, el rey Minos ordenó a Dédalo que, puesto que era en parte culpable de lo sucedido, fabricase una especie de trampa para encerrar al monstruo. Dédalo construyó el Labýrinthos o Laberinto, un gran palacio sembrado de innumerables salas y pasillos, con una planta tan complicada que sólo su arquitecto sabía orientarse en ella: entrar era fácil, pero salir resultaba imposible.

            Minos encerró en el corazón del Laberinto al monstruo. Pero el Minotauro necesitaba carne humana para alimentarse, y el rey no estaba dispuesto a sacrificar a los súbditos de su propia isla. Como gracias a su flota ostentaba la talasocracia (la supremacía en el mar), decidió pedir un tributo humano a las islas y ciudades que se hallaban bajo su dominio. Así, a la ciudad de Atenas le correspondía enviar cada nueve años a siete hombres jóvenes y otras tantas doncellas para que entraran al Laberinto y sirvieran de alimento al Minotauro.

            Pero un año, entre los jóvenes destinados al sacrificio vino el propio hijo del rey de Atenas: Teseo, matador de monstruos. Los días del Minotauro estaban contados…

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